martes, 7 de mayo de 2013

Desolvidar


¿Donde comienza el olvido, o donde termina el recuerdo? O lo que tal vez sea lo contrario:  ¿Donde termina el olvido y donde comienza el recuerdo?

Uno se olvida de cosas intrascendentes, no se pueden olvidar los afectos, si es que lo fueron alguna vez, por más remotos que sean; si marcaron alguna cosa en algún momento, siempre van a aparecer, (los recuerdos), o desaparecer, (los olvidos), alguna cosa los dispara, o tal vez la cosa misma, (el recuerdo, o el objeto recordado, sin que necesariamente sea un objeto la cosa motivo del recuerdo), decía, que tal vez la cosa misma se te presenta en persona, salida de la más entrañable niñez. Ahí las casualidades, que nunca se termina de saber si lo son, o si algún objetivo o razón oculta tiene el destino en esto. Si algo, o alguien, en algún lado escribió o dijo: “Esto tiene que ser”. Toda esta sarta de palabras llenas de lugares obvios y disquisiciones que seguramente ya muchos las han abordado, viene a aparecer aquí,  (nuevamente la obviedad), porque tuve uno de esos encuentros “casuales”. Desde la improbabilidad total, casi desde la imposibilidad, y aquí cabría preguntar a los matemáticos el porcentaje de la probabilidad de éste no dicho aun encuentro, y seguramente sería cercana a cero.

Empecé hace unos sábados un taller de narración oral, esto motivado por unas ganas de contar historias a través del origami, demoró unos meses para poder formar este grupo de los sábados con cinco o seis personas. Y ahí fui yo, a las 12.15 hs, llegando 15 minutos adelantado. La puerta de abajo del edificio estaba abierta, así que subí, por el ascensor, uno de esos  hermosos, viejísimos (igual que el edificio, nueva obviedad) de rejas, ahí veo que Roberto, (el profesor) baja por las escaleras  acompañando al grupo del taller anterior que salía. Me saluda mientras nos alejamos  y le digo que espero en la puerta, Tercer piso izquierda. Ahí viene subiendo Roberto conversando con otro tipo, “Y yo que pensaba que iba a ser el único viejo aquí” digo, Saludo, presentación, “Miguel” dice Roberto presentándonos. “Te conozco” me dice Miguel, “Como te llamas? Pregunta, “Gregorio, digo.  Gregorio que? Vainberg, “No puede ser!!!” Hola Gregorio Vainberg, Miguel Wald” me dice.  Lo miro, y…  era él. Los no olvidos, o los recuerdos presentándose en tropel, amontonados desde el jardín de infantes y primero inferior y primero superior, en Ramos Mejìa (Yo soy de esa época).
Era él, podríamos decir que éramos amigos en aquellos tiempos, con 5 o 6 años, recuerdo haber ido a su casa varias veces, y recuerdo también escuchar Pedro y el Lobo” de Prokofiev. Yo estaba fascinado por esa historia, oída por primera vez en el jardín de infantes, deslumbrado por esa unidad entre texto y música, y Miguel tenia ese disco, además de otro con un recorrido por los instrumentos de una orquesta que conversaban entre si, era algo como un instrumento que  salía a buscar otros instrumentos para formar una orquesta. 

Ahora que veo escrito esto, pienso en mi y en mi escritura, en eso que se dio en mi otro blog: Gorigami, donde hay todo un trabajo en ese camino,  y con un elemento más: un objeto de origami, además de la música de soporte y un texto presente. Y entonces me doy cuenta que eso viene de lejos, desde el recuerdo-olvido de aquel disco escuchado a los cinco años. 

Y este encuentro tiene más elementos mágicos, o coincidentes en este camino de palabras que hemos elegido para ser, y no menciono ahora, porque esta entrada se tornaría un poco larga. 

Recuerdo particularmente un cumpleaños suyo, probablemente los seis años,  y una “Búsqueda del tesoro” en la casa, y me acuerdo perfectamente el final de la ultima pista antes de encontrar el tesoro, decía que: …” el tesoro está en la pieza del pícaro de Miguel”. Y para ejemplificar eso de “pícaro” solamente hay que  mirar la foto de entonces, y la mirada de él asomándose, irrumpiendo en mi foto, desde atrás de la palmera. 

Todo esto transita el lugar de la emoción, y como siempre, necesito distancia para escribir. Ya ha pasado un mes de éste encuentro, de este des-olvido, y aquí andamos,  navegando el mundo del contar, que por distintas razones (o iguales) hemos elegido transitar.  Encontramos además muchos lugares comunes donde nos sentamos a gusto y caminamos con palabras y pasos, recorriendo esos olvidos y recuerdos que de tan lejanos, parecen leídos en algún cuento entrañable que se obstina en permanecer en la memoria.  La memoria marcada de la infancia con sus momentos felices y sus tristezas, eso que nos hace ser hoy lo que somos,  poder reconocernos en el otro, y así reencontrarnos en nosotros mismos. 
Y tal vez aquella ultima pista de aquel juego, (que en aquel momento no encontré) me haya llevado hasta éste taller, y tal vez, cuarenta y nueve años después, finalmente, haya encontrado el tesoro.









Y, por supuesto, esto tiene musica aqui: http://www.youtube.com/watch?v=FUQgjSjyH3Y

Y, ademas, Miguel ha contado esta historia aqui: http://algundiavuatenerunblo.blogspot.com.ar/2013/05/papel-plegado.html

4 comentarios:

Amapola Azzul dijo...

Creo que es más dificil olvidar las emociones importantes , las que marcan , como sres humanos tendemos a olvidar lo que algún día nos hizo sufrir, supongo, y nos solemos quedar con lo bueno, los bellos sentimientos, abrazo, besos.

Miguel Wald dijo...

Ese otro disco del que hablás, Gregorio, es "Piccolo, saxo y compañía". Me sigue gustando como entonces.

silvia zappia dijo...

un absoluto deleite, tibio y sonriente.

abrazo*

elisa lichazul dijo...

la memoria es selectiva
y el resto es interpretación para el bache que saltamos

el olvido es como un agujero negro si toca el disco duro, y a ese al menos yo le temo... olvidarse hasta de uno mismo ha de ser una agonía

buena semana
te dejo mi url
http://panteondelichazul.blogspot.com